Лопе де Вега – El perro del hortelano / Собака на сене (страница 20)
de amores de un hombre humilde,
porque si en quererle piensa,
ofende su autoridad,
y si de quererle deja,
pierde el jüicio de celos,
que el hombre, que no sospecha
tanto amor, anda cobarde,
aunque es discreto con ella.
TEODORO: ¿Yo, señora, sé de amor?
No sé, por Dios, cómo pueda
aconsejarte.
DIANA: ¿No quieres,
como dices, a Marcela?
¿No le has dicho esos requiebros?
Tuvieran lengua las puertas,
que ellas dijeran.
TEODORO: No hay cosa
que decir las puertas puedan.
DIANA: Ea, que ya te sonrojas,
y lo que niega la lengua
confiesas con las colores.
TEODORO: Si ella te lo ha dicho, es necia;
una mano le tomé,
y no me quedé con ella,
que luego se la volví.
¡No sé yo de qué se queja!
DIANA: Sí, pero hay manos que son
como la paz de la Iglesia,
que siempre vuelven besadas.
TEODORO: Es necísima Marcela.
Es verdad que me atreví,
pero con mucha vergüenza,
a que templase la boca
con nieve y con azucenas.
DIANA: ¿Con azucenas y nieve?
Huelgo de saber que tiempla
ese emplasto el corazón.
Ahora bien, ¿qué me aconsejas?
TEODORO: Que si esa dama que dices
hombre tan bajo desea,
y de quererle resulta
a su honor tanta bajeza,
haga que con un engaño,
sin que la conozca, pueda
gozarle.
DIANA: Queda el peligro
de presumir que lo entienda.
¿No será mejor matarle?
TEODORO: De Marco Aurelio se cuenta
que dio a su mujer Faustina,
para quitarle la pena,
sangre de un esgrimidor,
pero estas romanas pruebas
son buenas entre gentiles.
DIANA: Bien dices, que no hay Lucrecias,
ni Torcatos ni Virginios
en esta edad, y en aquella
hubo Faustinas, Teodoro,
Mesalinas y Popeas.
Escríbeme algún papel
que a este propósito sea,
y queda con Dios. ¡Ay, Dios!
¡Caí! ¿Qué me miras? ¡Llega!
¡Dame la mano!