VECINA. Repórtate; ¿qué sacas con eso?
MADRE. Nada. Pero tú lo comprendes.
VECINA. No te opongas a la felicidad de tu hijo. No le digas nada. Tú estás vieja. Yo también. A ti y a mí nos toca callar.
MADRE. No le diré nada.
VECINA (besándola). Nada.
MADRE (serena). ¡Las cosas!…
VECINA. Me voy, que pronto llegará mi gente del campo.
MADRE. ¿Has visto qué día de calor?
VECINA. Iban negros los chiquillos que llevan el agua a los segadores. Adiós, mujer.
MADRE. Adiós. (Se dirige a la puerta de la izquierda. En medio del camino se detiene y lentamente se santigua.)
CUADRO SEGUNDO
SUEGRA.
Nana, niño, nana
del caballo grande
que no quiso el agua.
El agua era negra
dentro de las ramas.
Cuando llega al puente
se detiene y canta.
¿Quién dirá, mi niño,
lo que tiene el agua,
con su larga cola
por su verde sala?
MUJER (bajo).
Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
SUEGRA.
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
Las patas heridas,
las crines heladas,
dentro de los ojos
un puñal de plata.
Bajaban al río.
¡Ay, cómo bajaban!
La sangre corría
más fuerte que el agua.
MUJER.
Duérmete, clavel,
que el caballo no quiere beber.
SUEGRA.
Duérmete, rosal,
que el caballo se pone a llorar.
MUJER.
No quiso tocar la orilla mojada,
su belfo caliente
con moscas de plata.
A los montes duros
sólo relinchaba
con el río muerto
sobre la garganta.
¡Ay, caballo grande
que no quiso el agua!
¡Ay, dolor de nieve,
caballo del alba!
SUEGRA.
¡No vengas! Detente,
cierra la ventana
con rama de sueños
y sueño de ramas.
MUJER.
Mi niño se duerme.
SUEGRA.
Mi niño se calla.
MUJER.