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Сергей Бакшеев – El craneo de Tamerlan (страница 17)

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– A quién trajiste? —

– Eso no te importa, Román. – Tamara empujó al flaco fotógrafo y entró al apartamento.

– Vamos a suponer que no me importa, – asintió pacíficamente Román, dejando pasar a Zakolov. – Pero es mejor cuando la chica viene sola, sin escolta. —

– Pero no donde un mujeriego como tú. —

– Pero Tamara, que te pasa? Yo soy bueno y cariñoso. —

Tamara paseó su vista por la habitación oscura por las cortinas cerradas, entonces se volteó para enfrentar al fotógrafo con anteojos de sol y le dijo, sarcásticamente:

– El sol aquí adentro no te deja ver? —

– Gajes del oficio, Tamarita. Ya me acostumbré a la penumbra del laboratorio.

– Mira, te presento a Tikhon. Él estudia con mi hermano. —

– Ahhh. Cohetes y aviones. – Román le hizo un medio saludo a Zakolov pero enseguida se concentró en las largas piernas de la joven. – Tamara, hoy estás estupenda! Ven para tomarte una foto al estilo “seducción”. Siéntate aquí. —

Él le señaló un diván bajo, con muchos cojines y había una lámpara sobre un trípode apuntando hacia él. Tamara se acomodó en el suave diván, cruzó las piernas de manera que estaban más expuestas y preguntó:

– Que tal si la tomas al estilo “new”? Román, tú no me habrás confundido con alguien? O estarás haciendo una colección? – Repentinamente señaló con su dedo las grandes fotografías de mujeres semidesnudas que adornaban las paredes del apartamento. Muchas de ellas fueron tomadas, en esas poses frívolas, en este divancito. Es una galería de tus éxitos artísticos o masculinos? —

– Y unos…, y otros. —

– Como consigues los…… otros? —

– En primer lugar, yo soy un artista. Artista de la fotografía. A las mujeres les gustan. En segundo lugar, yo conozco las leyes elementales de la fisiología. —

– Curioso. —

– El color rojo estimula el deseo sexual. Tú no tienes un vestido rojo encendido que te quede ceñido? —

– Creo que no me lo puedo costear. —

– Lástima. Los tipos cuando lo ven se lanzan. Pruébalo. —

– En la edad madura, sin falta, utilizaré tu consejo. Efectivamente, el organismo macho reacciona fuertemente al rojo. Enseguida se piensa en los toros de las corridas. —

– Te equivocas! Las reacciones fisiológicas no dependen del género. Todo sucede a nivel del subconsciente. —

– Ahora entiendo porque los “rojos” le ganaron a los “blancos” en la guerra civil. Tras ellos iban las mujeres, y ellas son la base de cualquier país. Tú recibes las chicas en bata roja, no? —

– Mira por dónde viene! Todo es más sencillo y natural. Primero yo le tomo la foto, y enseguida voy con ella para imprimirla. En el laboratorio estrecho y tibio, bajo la luz de la lámpara roja, la silueta va apareciendo lentamente en el papel y eso actúa de manera irresistible. La luz roja envuelve, está en todas partes, la chica se baña en ella y después, ella misma, me lleva a la cama. – Román lo dice, orgulloso. – Y entonces, te fotografiamos? —

– Será en otra oportunidad, Román. —

– La belleza es un fenómeno momentáneo y el artista es el llamado para fijarlo para la eternidad. —

– Mira tú, Román es Rafael! O más bien te gusta Ticiano? Aunque él tenía preferencias por formas más exuberantes. —

– Cada época tiene su standard de la belleza femenina. —

– Eso contradice lo que acabas de decir sobre la eternidad. – Zakolov se entrometió en el duelo verbal. – Para que fijar la belleza si medio siglo después no va a parecer tan bello? —

– Tikhon es el representante brillante de una nueva generación: El Logicus Sapiens. – Explicó Tamara.

Pero sus palabras confundieron aún más al fotógrafo y sacudiendo su mano dijo:

– De insectos yo no sé nada. —

Para no carcajearse, Kushnir se tapó la boca con la mano. Zakolov sacó la fotografía de Kasimov y llevó la conversación hacia lo que querían:

– Román, necesitamos agrandar esta fotografía. Entiendo que tú tienes el negativo. —

Román miró la foto y se dirigió a la muchacha:

– Tamara, te estás metiendo en asuntos malos otra vez. No te bastó con aquello? No, engañas a los inocentes y le traes este pan al pobre artista. —

– Para este pan hay una cola larga y a mí no me gusta hacer cola. —

– Hacer cola es una tontería. Lo importante es hacer la cola apropiada. —

– Ahí te apartan a codazos. —

– Que quisquillosa! —

– Dónde está el negativo? – Tikhon ya no soportó la conversación.

Román, impotente, movió la mano y se rindió:

– Yo sabía que no te iba a convencer. Vamos al laboratorio. Ya todo está listo.

Bajo el pomposo título de “Laboratorio” se escondía un cuarto de baño lleno de aparatos fotográficos. Tres persona apenas cabían en el cuartucho oscuro. Román cerró la puerta completamente, se quitó los anteojos de sol y prendió la lámpara roja.

– Este es el cuadro. – Román conectó la ampliadora fotográfica y en el rectángulo apareció Malik Kasimov, con cabello y ojos blancos. – Quieren agrandar toda la foto? —

– No. Solamente esta parte. – Tikhon señaló el cuadro al lado del hombro de Kasimov.

Román movió una ruedecita para hacer subir la ampliadora. Poco a poco todo el cuadro estaba ocupado por la borrosa foto de la pared de Kasimov, en la que se veía al cineasta al lado del cuadro extraño. Román apuntó el objetivo hacia el lugar indicado entonces apareció el lienzo gris con sus símbolos geométricos blancos.

– Que son esos signos diabólicos? – murmuró Román.

– Yo pensé que tú podías conocer algo de esa corriente artística. – suspiró Tamara.

– Este no es Rafael. —

– Ya me doy cuenta. —

– Ni siquiera Kandinsky ni Malevich. —

– Imprímela, por favor. – le solicitó Tikhon.

Román colocó en el marco papel para fotografía, quitó, por unos segundos, el filtro del objetivo y lo volvió a poner. El papel fotográfico bajó desde el objetivo hasta el recipiente con la solución.

El fotógrafo empujaba, cuidadosamente, el papel hacia el fondo del recipiente con una pinza. Tres pares de ojos observaban, expectantes, como en el blanco papel aparecían segmentos oscuros y puntos negros y poco a poco llenaban toda hoja. Un momento más tarde, Román sacó la foto con la pinza, dejó que goteara el revelador y colocó el cartoncito en el fijador. Cuando terminó el proceso, encendió la luz.

– Listo. Ahora, puedo contar con un agradecimiento? – dijo el fotógrafo y se le acercó a la muchacha hasta llegar a rozarla.

– Gracias Román. Tú eres un verdadero amigo. —

– Y eso es todo? – Román apretó a Tamara.

Tamara salió del baño, pero Román la siguió.

Tikhon Zakolov se quedó solo, observando con atención la foto húmeda. Lo que estaba representado en el cuadro del museo, era un patrón de incomprensibles y separados símbolos. Todos estaban bien diferenciados y Tikhon pudo observarlos en detalle.

El dibujo completo era este:

Pero qué es esto? Ángulos, cuadrados, puntos. Como se puede descifrar? Además, es que esto es un cifrado? Es que son pocos los pintores que sueñan con la grandeza de Malevich cuando este pintó “El cuadrado negro”? Es posible que el siguiente loco infeliz decida ser el fundador de la nueva dirección bajo la divisa: “El Cubismo” a la basura, ahora viene “El Geometrismo”!

Tikhon trató de traducir el cuadro al acostumbrado lenguaje de los números. 19 puntos, 34 símbolos, 62 ángulos, 93 segmentos. Rápidamente sumo, restó, multiplicó esas cifras en diferentes combinaciones. Ninguno de esos resultados le dio una pista para la solución.

El callejón sin salida.

Zakolov dejó de mirar los signos misteriosos para concentrarse en la figura del cineasta frente al cuadro. Él está de pie medio volteado hacia el cuadro, pero muy atento a la pintura y en su mano tiene un libro grueso. Vas a un museo con un libro? Es extraño, a menos que sea un catálogo de la exposición. Tikhon intenta ver la portada del libro. Un dibujo, parte de una palabra. Muy pequeño y nada claro.

Salió del cuarto de baño y se dirigió a Román, quien estaba tirado en el diván con los infaltables lentes de sol: