Сергей Бакшеев – El craneo de Tamerlan (страница 10)
En 1944 Alexander Efremov ya era uno de los grandes especialistas del Asia Media. Y en él recayó la suerte de acompañar a Averianov, el viejo, en su viaje secreto a Samarkanda. Más exactamente, Averianov, entonces capitán de la KGB, estaba encargado de controlar al científico Efremov.
Antes del viaje, Alexander Efremov se encontró con el antropólogo Guerasimov y este le entregó un objeto clasificado con el número 41—9/13. En el listado de la comisión del capitán Averianov se indica que el objeto 41—9/13 fue colocado en el dispositivo con el nombre “Cápsula”. Gracias a las conversaciones con su padre, Grigori adivinó que se trataba del cráneo del cojo de hierro Tamerlán, como lo llamaban en Occidente o el Gran Emir Timur como lo hacían en el Oriente.
Conversando con gente cercana, Averianov se enteró de que Stalin creía en la fuerza mística de Tamerlán y la utilizó para sus propios fines. Tamerlán no podía vivir sin la guerra. Cumplió una campaña bélica tras otra. En su cráneo se concentraba una energía destructora, generadora de carnicerías humanas. Pero aquel que tuviera el cráneo de Tamerlán, tendría la victoria. A diferencia del genio del mal: Napoleón, o el celebrado por los historiadores: Alejandro el Grande, el emir Tamerlán, a lo largo de toda su vida, no perdió ni una batalla.
Como resultado el vencedor era el que tenía su cráneo!
En una conversación de militares borrachos, Averianov se enteró, por un piloto que estaba ahí, de que un avión con el cráneo de Tamerlán a bordo, en diciembre del año 41, cuando se realizaba la encarnizada lucha por Moscú, sobrevoló la ciudad. Y la capital aguantó! Aguantó, a pesar de todo! Un impresionable Stalin llamó al cráneo Talismán de la Victoria y lo utilizó en otras situaciones decisorias. Pero al final del año 44 el ejército rojo era mucho más fuerte que su contrincante. Llegó el momento de regresar el cráneo del sanguinario guerrero a su lugar en el mausoleo de Gur— Emir. El espíritu de la guerra debía tranquilizarse y la larga guerra, terminarse.
Por donde se viere, la comisión a Samarkanda se cumplió exitosamente, la tarea se cumplió, la dirigencia del Kremlin valoró eso y la carrera del papá se fue a las nubes. Efremov ascendió a Profesor y le fue asignado un laboratorio. 7
Sin embargo, en el propio momento necesario, en octubre de 1962, el cráneo del gran guerrero, no estaba en su sitio!
Como excusa de la investigación del sospechoso hecho infeliz en el instituto de Paleontología, que llevó a la muerte del profesor Efremov, Grigori Averianov leyó, detenidamente, todos los papeles en la oficina del científico. El oficial de la KGB no encontró ninguna indicación de donde podría estar escondido el cráneo de Tamerlán.
Los colegas del científico no sabían nada de la expedición secreta del año 44. En los archivos del instituto aparecía que al profesor lo habían llamado, de altas esferas, para consultas, en Bielorusia. Todos supusieron que Alexander Simeonovich ayudaría en la identificación de los restos en las fosas comunes halladas después de la huida de los fascistas de esa república. Por razones comprensibles, en las conversaciones posteriores trataron de no tocar ese tema desagradable y no preguntaron por el viaje.
Algunos familiares recordaban el viaje en comisión de Efremov en el año 44 para algún lugar en el frente de batalla, pero no podían decir algo concreto sobre eso.
Un tenaz Averianov continuó la búsqueda en el archivo que el profesor tenía en su casa. Sobre todo estaba interesado en las cartas de Efremov de aquella época. En una de ellas, Efremov informaba que el objetivo programado ya estaba cumplido y que pronto volvería a Moscú. La esposa del científico recordaba que Alexander Simeonovich sonrió, cuando habiendo regresado a casa, él mismo recibió esa carta. En aquellos tiempos de guerra las cartas tardaban mucho tiempo en llegar a destino y el volvió en un avión militar de transporte.
El oficial de la KGB, autorizado para instalarse en el despacho casero del profesor, observó, con detenimiento, el sobre amarillento y silbó. La carta fue enviada, no desde Bielorusia, sino desde la ciudad uzbeka de Khiva. También le interesó la fecha en la estampilla. No correspondía con el informe de su padre sobre el viaje.
Grigori Averianov le propuso a la dueña de casa tomarse un té, conversó con ella, educadamente, sobre tonterías y, de pronto, le lanzó la pregunta capciosa:
– Cuantas veces fue Alexander Simeonovich a Uzbekistán a finales de los cuarenta? —
– Una sola vez. —
– Está segura? —
– Claro. Eran los años de la guerra. En ese momento quien iba a pensar en paleontología? Pero Sasha se alegró tanto por la posibilidad de dedicarse a lo suyo, – la viuda enmudeció, lentamente se secó una lágrima y añadió:
– Pero no crea. Mi marido solo me habló a mí de su viaje a Samarkanda y eso, bajo el secreto más absoluto. Y yo no se lo dije a nadie, a nadie! Y, ahora, se lo digo a usted. Pero puedo decírselo a usted, verdad? —
Grigori Averianov ya no preguntó más, recogió el sobre y, a pesar de la hora tardía, fue a trabajar. En su oficina de la Lubianka, bajo la luz de una lámpara de mesa, desató las cintas que amarraban las carpetas numeradas con el informe de su papá sobre el viaje en comisión. Sus dedos se apuraron para hallar la página apropiada. Sus ojos nerviosos comprobaron tres veces las dos fechas: la del sobre y la del informe del papá.
El detalle que faltaba! Grigori casi salta de alegría.
Resultaba que el científico Alexander Simeonovich Efremov regresó, del viaje secreto a Samarkanda, un mes más tarde que el capitán de la KGB Grigori Averianov Y estuvo, no solamente, en Samarkanda.
Que hizo el profesor, en Asia Media, tanto tiempo?
10.– La casa lúgubre del cineasta
– Fue aquí donde sucedió. – Zakolov se tocó, con la mano lastimada, el lado golpeado y le mostró, a Tamara, la salida bajo el arco. – Fui un tonto. No pensé, ni por un momento, que el espía podría no estar solo. Caí en un truco pendejo. —
Los muchachos salieron muy temprano del apartamento y se dirigieron a la parada del autobús. Tikhon decidió que el anciano cineasta Kasimov, especialista en planos cerrados vivos, no le gustaría una visita de mucha gente, así que le propuso a Evtushenko quedarse en la casa.
– Pero por qué lo perseguiste? – Tamara preguntó preocupada. – Esa calle nuestra no tiene luz. Es bueno que no te hayan hecho nada. Pero pudieron golpearte cuando estabas en el suelo! Y entonces?! —
– Entonces yo los hubiera jodido. – Zakolov movió los labios pensativamente. – O ellos a mí. —
– Tonto. —
– De acuerdo. En lo sucesivo trataré de ser más inteligente. —
– Más refrenado. – Corrigió la muchacha y tomó al muchacho por la mano.
– No, más inteligente. Si yo hubiera ponderado la situación correctamente, por lo menos hubiese agarrado a uno de los tipos. —
– Y después? —
– Hubiéramos sabido quién era el curioso. —
– Y no está claro? —
– Toda persona tiene derecho a defender su vida privada! Ellos irrumpieron en la nuestra, con descaro. —
– Acaso vienes de América? En nuestro país todo es colectivo. – Suspiró la joven.
Todo el camino hacia donde Malik Kasimov, Tikhon estuvo alerta y volteando, de vez en cuando, para ver si los seguían. Hicieron el trayecto con dos trasbordos y pocos pasajeros, por lo tanto, precisar un posible fisgón, no era problema. Y no hubo ninguno. Ese hecho tranquilizó a Tamara Kushnir, pero Tikhon casi que se decepcionó. No le hubiera disgustado ver a sus enemigos del día anterior y desquitarse.
Mientras caminaban por la callejuela de casas de una sola planta, detrás de altas empalizadas de arcilla, Zakolov volteó dos veces. A esa hora matutina, el camino polvoriento estaba desierto. Detrás de los pocos cipreses piramidales que flanqueaban la calle, era muy difícil esconderse.
Tamara Kushnir se detuvo ante una valla tupida con reja de hierro, que alguna vez estuvo pintada color esmeralda y ahora tenía un color blanquecino.
– Kasimov vive aquí. – Informó Tamara y apretó el pequeño botón del timbre. – Quiera Dios que esté de buen humor. —
En la parte de atrás del patio se oyó el sonido del timbre que a lo lejos pareció zumbido de abejas. Esperaron. Tocaron el timbre otra vez. De nuevo la vibración del viejo timbre y no otros sonidos.
– Tiene un patio atrás de la casa. Es posible que Kasimov esté allá y no oiga el timbre. – aventuró Tamara.
– O salió. —
– No. Él me dijo que sale dos veces a la semana a comprar víveres. El resto del tiempo mira fotografías y cuida sus plantas. Para ir a las tiendas es muy temprano. —
– Y al mercado? —
– Es lejos desde aquí. Él me dijo que le gusta fotografiar las flores que salen de su siembra. Yo creo que él está en el patio trasero. —
– Estamos en Noviembre. Las flores solamente pueden estar en la casa. —
Tamara se vio confundida.
– Entonces no sé. —
Tikhon miró el pasador de la cerradura y empujó la puerta de hierro. Ella respondió con un golpe sonoro, pero no se abrió.
– Pudieron haber halado la puerta desde afuera. Llama otra vez. —
Tamara sostuvo un rato el dedo en el timbre.
– Nadie. – Concluyó Tikhon, entonces consideró la altura de la empalizada y miró, interrogativamente, a la muchacha.