Roberta Mezzabarba – Las Confesiones De Una Concubina (страница 9)
como brisa perfumada
al alba.
Aléjate de mí.
Lejos.
Que mis ojos
puedan sólo descubrirte
impreciso,
de manera que pueda
perseguirte,
ganar terreno,
y alcanzarte,
cerca.
Y mis encuentros con Pietro se convertían en más frecuentes.
Y todas las veces me sorprendía no sentir vergüenza por lo que estaba haciendo: había pasado del amor platónico al carnal sin ni siquiera percatarme, y con el multiplicarse de los encuentros perdía poco a poco el miedo que me había casi matado la primera vez.
Buscaba con mi mirada la de Pietro, con la esperanza de descubrir aquel ligero guiño que presagiaba un nuevo encuentro.
Me había enamorado. Irremediablemente. Sin solución.
Incluso había comprado ropa interior de encaje y , siempre, no podía esperar a mostrársela a Pietro, si bien
Es verdad, para mí era importante que él me prestase atención incluso al margen de nuestros
Continuaba repitiéndome que jamás había sentido lo que sentía con él, que era fantástica, estupenda, hermosísima, única.
Y siempre yo salía embriagada.
Y cada vez él me quería más.
Siempre más.
«¡Quiero hacer el amor contigo, no aguanto más! Cuando estoy con mi esposa pienso en ti, creo que enloqueceré como siga así...»
Entre sus brazos todo me parecía posible pero cuando volvía a pensar en sus peticiones, cuando me encontraba a solas, no me sentía preparada, no quería que cayese también esta última barrera que había quedado entre nosotros, el último y pequeño dique contra una corriente ahora ya demasiado impetuosa.
* * *
Hacia Filippo sentía un vago sentimiento de culpa que aleteaba entre nosotros llevándome a tener arrebatos sexuales que, creo que más de una vez, lo habían sorprendido, sino anonadado. Me parecía que entregándome a él podía, en parte, acallar mis sentimientos de culpa.
Una noche, después de una relación desahogada, hecha como por obligación, se volvió hacia mí y me dijo:
«No consigues engendrar hijos, no consigues hacer que sienta un auténtico placer… por suerte, menos mal que te las apañas cocinando y limpiando la casa, en caso contrario...»
Estas eran las cosas que, cada vez más, me hacían comprender que no estaba, ni de lejos, dispuesta a renunciar a Pietro.
Con el rostro hundido en la almohada soñaba con Pietro y apretaba con fuerza los dientes para no llorar.
Filippo no estaba nunca: ausente en los momentos de alegría y en los momentos de dolor más profundo.
Ausente, no por paparruchas, es verdad, sino por trabajo.
¡Yo sirvo a la gente!
Su trabajo de guarda jurado le hacía sentirse un escalón por encima de los demás.
Para mí ya era tarde, demasiado tarde para renunciar, para desatar lazos ya apretados, para renunciar, para prescindir de Pietro.
Comencé por dolor,
por dolor en el amor,
por amor del dolor,
ahora ya no lo sé.
Escribí amor
y no me di cuenta
más que después de muchas líneas,
cuando el dolor se calmó
cansado y afligido
sobre la palma tensa del corazón.
Y amé.
Sin remordimientos ni reservas,
segura,
en la oscuridad,
de encontrar el dolor,
sólo el dolor.
La cena de gala
Giovanni Percalli, el nuevo administrador de la sociedad que gestionaba la cadena de supermercados donde trabajaba, había decidido ofrecer una cena a todos los trabajadores para darse a conocer y para festejar este nuevo objetivo.
«Yo no pienso, ni por asomo, ponerme de punta en blanco por un tipo que con dinero ha comprado un cargo en una sociedad...»
«¡Pero, Filippo! Estarán todos, hazlo por mí, ¿qué papel haré?»
«¿Papel? ¿Qué papel harás? ¡Tú trabajas en ese supermercado, puede que tú estés obligada a hacer todo lo que te pidan!»
«¿Y si fuese yo la que quiere ir?»
«Escucha, Misia, yo no tengo ganas de ir y además mañana debo cubrir a un compañero, hago doble turno, si realmente quieres ir puedes hacerlo perfectamente sola».