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Roberta Mezzabarba – Las Confesiones De Una Concubina (страница 5)

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Una confesión.

La primera.

Las palabras salen gota a gota, excavando en los acontecimientos recientes, demasiado recientes para que todavía no puedan hacer daño.

Debo plasmar mi voluntad.

«Perdóname, padre porque he pecado».

Perdóname.

Te perdono.

«Deseo al hombre de otra mujer».

Perdóname, oh, padre.

El confesionario está a oscuras, desde la reja vislumbro una figura ocupada en escucharme, la cabeza inclinada.

«Hija mía, la carne es débil».

Perdóname, oh, padre.

«Mi carne no es débil, yo quiero su alma, quiero sus palabras, quiero sólo un poco de dulzura, un poco de afecto, un poco de amor».

Perdóname, oh, padre, y dime qué puedo hacer: mi existencia oscura ha encontrado esta brecha que da a cada cosa su color pero no me puede pertenecer y yo no puedo pertenecerle.

«Hija mía, lo sé, es difícil».

Perdóname, oh, padre, pero no puedo evitar tenerlo en mis pensamientos todos los segundos de todos los minutos de todos los días.

«Perdóname, oh, padre».

Las rodillas comienzan a dolerme, como si la madera sobre la que están apoyadas se hubiesen convertido en algo lleno de asperezas.

Acto de Contrición… me arrepiento y lloro.. por mis pecados… prometo que con tu santa ayuda… y huir de las oportunidades para pecar de nuevo.

No había comprendido lo que recitaba de memoria hasta ahora.

Prometo, prometo.

Prometo.

Una alforja demasiado pesada.

Y mis hombros son demasiado débiles.

A pequeños pasos

Con pequeños pasos me encaminaba hacia horizontes prohibidos aunque sólo en mi imaginación.

Todos los temores de que Filippo me descubriese se desvanecían día a día, ahogados en nuestra vida de pobres diablos, en cada una de sus miradas ausentes, en cada clic de aquel maldito mando a distancia.

Incluso sus picos de ira, sus palabras acusadoras, sus expresiones ofensivas hacia mí, ya no me hacían tanto daño.

Cada día que pasaba ganaba seguridad en que podría conseguir aquel poco de felicidad que me correspondía.

Pietro me acariciaba con la mirada en las largas horas de trabajo, ya estuviese entre las estanterías, ya fuese llamada a la oficina, y actuando de esta manera, inequívocamente, me daba a entender que aquel beso que nos habíamos intercambiado, pudiera tener, es más, debía tener, una continuación.

Un viernes por la tarde, estaba acabando de meter en el programa de gestión de la contabilidad, todas las facturas de los suministradores que habían llegado durante la semana. Eran muchísimas.

Todos los otros colegas se habían ido.

El director se asomó a la puerta de la oficina para despedirse de mí.

Pietro se estaba poniendo la chaqueta para irse a continuación.

«Señorita Misia, ¿está acabando de meter todas las facturas? Perfecto, así podré trabajar con ellas mañana por la mañana… Pietro, ¿quiere esperar a que Misia termine? No me gusta que se quede sola aquí dentro. Yo debo irme corriendo. Pasad una buena noche, muchachos».

Pietro asintió con la cabeza mientras se sacaba otra vez la chaqueta.

La puerta estaba cerrada.

Estábamos solos.

Ante aquel pensamiento me asaltó el pánico.

Por mucho que intentaba concentrarme en el trabajo tenía la cabeza ardiendo y las manos temblorosas.

Él se había sentado delante de mí, las piernas entrelazadas, los brazos cruzados, los ojos grandes y oscuros fijos en mí y los labios mostrando una sonrisa.

Estaba sin aliento y un peso me oprimía el pecho.

«Quieres besarme, ¿verdad?»

«...»

«¿Verdad?»

Ya estaba de pie con una mano apoyada en el escritorio y la otra ocupada en acariciarme bajo el mentón, la carne dócil y temblorosa.

Nariz con nariz, con los ojos fijos en los suyos, sentí sus labios amables, como un toque de alas de mariposa, acariciar los míos.

Era tan delicado, sin prisas, como si tuviésemos todo el tiempo del mundo.

«¿También tú lo deseabas, pequeña, verdad? Lo he sentido, ¿lo sabes?»

No conseguía decir palabra.

Ahora estábamos de pie y me tenía entre los brazos, con el rostro presionando su pecho.

En silencio me acariciaba los cabellos, me besaba en la nuca, me hacía sentir en el centro del universo.

Y me daban ganas de llorar.

Estaba estrechada entre los brazos del hombre que siempre habría deseado tener.

Y no lo tenía.

Nunca podría ser mío.

A no ser una pequeñísima parte.

Pero en aquel momento no me incomodaba: lo único importante era tener a Pietro a pocos centímetros de mí.

Me ayudó a acabar de introducir las facturas y en la puerta de la oficina nos despedimos.

Con las mejillas rojas de excitación corrí feliz hacia el autobús que me esperaba bajo la farola de la explanada destinada al estacionamiento.

Como si estuviese en trance me senté en el asiento sintiendo todavía su contacto.

En las manos me había quedado su olor: la carretera corría veloz y yo cerré los ojos y lo respiré en las palmas de mis manos.

El cuaderno escarlata