Roberta Mezzabarba – La Larga Sombra De Un Sueño (страница 4)
Pensaba en Greta. Extraña muchacha.
Tan cerrada a primera vista pero tan locuaz al contacto con el agua. Ávida de información y de curiosidad, como una niña, pero de una belleza magnífica y mal escondida por su ostentosa simplicidad.
¡Qué ojos tan oscuros tenía, negros como la noche, profundos como el lago!
3
Cuando Greta y el Príncipe, de regreso desde la pequeña mesa donde se habían puesto de acuerdo en los últimos detalles de los documentos notariales, se encontraron de nuevo delante de la villa sombreada y perfumada por los tilos, los pinos, las mimosas, era ya la hora de comer. El Príncipe insistió para que Greta se quedase al almuerzo con él, para luego dar la vuelta a la isla que le había prometido a primera hora de la tarde.
La muchacha estaba indecisa: por una parte deseaba ardientemente visitar la isla, pensando que una oportunidad parecida no se le presentaría en toda su vida y, por la otra, creía que no daría de ella misma una buena impresión aceptando una invitación a comer de un perfecto desconocido. Pero, de todas formas, el quedar bien con la gente no había sido nunca su fuerte.
Aceptó.
Mientras esperaba al Príncipe, que se había ido a resolver unos asuntos a su casa, había vislumbrado, sobre el techo de la villa, pequeñas ramas de aquella planta que se llamaba Corona de Cristo: parecían reptar desde la puerta de lo que debió de ser el refectorio hasta la cima de la villa, para gozar del panorama que, desde aquella altura, debía de ser magnífico.
En aquella pequeña isla había todo tipo de flores y, por desgracia, Greta observó que las rosas todavía no habían florecido. Probablemente en el mes de mayo se abrirían por todas partes, con sus corolas variopintas y perfumadas, reunidas en bosquecillos, alineadas en setos, escalando muros, troncos de árboles o las estructuras de las pérgolas. Quizás quien las había plantado en gran número pensaría, seguramente, que el viento pudiese llevar su perfume hasta las orillas de Capodimonte o de Marta.
Continuando con su investigación alrededor de la villa Greta llegó a las ruinas del claustro del siglo XVI: los cinco arcos de cada uno de los lados de la figura rectangular estaban cubiertos también por un bonito manto de glicinas, jazmín y madreselva. Bastante cerca, al lado de los pinos y cedros, surgía majestuoso quizás el árbol más famoso de la isla: un inmenso plátano, alto, rugoso, viejo y lleno de nudos. A pesar de que estaba sujeto por muletas tendía a asomar sus ramas sobre la orilla como si quisiese protegerla con una sombra fresca: cuatro siglos de historia tenía aquel viejo tronco, cuatro siglos de diálogos mudos e indescifrables había convertido al lago en su único e inmortal amigo.
Mientras observaba el lago Greta se acordó de Ernesto que la estaba esperando con su pequeña barca motora blanca amarrada al muelle de la isla, para llevarla de nuevo a tierra: debería advertirle enseguida del cambio de programa, excusarse con él y, a lo mejor, pedir al Príncipe que lo invitase también a comer. Había sido realmente descortés al olvidarse completamente de aquel muchacho tan amable y tan dispuesto a explicarle todo sobre el Lago, sobre las islas.
Se sentía decepcionada también por el hecho de que él no podría participar en la excursión a primera hora de la tarde para ver todas las hermosas cosas que escondía la isla, entre el verde de sus plantas. Sentía que tenía una deuda con aquel muchacho que la había llevado hasta allí, permitiéndole que entrase en el interior de un sueño.
El Príncipe estaba de nuevo saliendo de su casa y Greta le salió al encuentro y con el rostro enrojecido por el calor del aire del mediodía, le preguntó:
«Príncipe, querría volver a bajar hasta el muelle para avisar a mi barquero que me quedaré también por la tarde. También querría invitarle, si a usted le parece bien, a comer con nosotros, ha sido tan amable conmigo».
Mientras pronunciaba estas palabras Greta se estaba preguntando por qué motivo se interesaba tanto en aquel joven pescador…
«Por supuesto. Mandaré enseguida a Gastón para que avise a ese pescador y, desde luego que no le faltará un puesto en la mesa de la servidumbre. Ahora, si quiere seguirme, he hecho preparar una mesa para nosotros a la sombra del gran plátano».
El Príncipe era un tipo que no admitía que se le contradijese en lo que decía, así que Greta no mostró su disgusto por el hecho de que Ernesto no pudiese sentarse a la mesa con ellos sino que fuese relegado entre la servidumbre de la isla.
Pocos minutos más tarde Ernesto remontaba la pequeña cuesta que desde la dársena llevaba hasta la villa: en cuanto llegó al espacio donde, a poca distancia, estaban sentados Greta y el Príncipe, ya en su mesa, pareció querer ir hacia los dos, pero el mayordomo, rápidamente, le explicó que no había sido invitado a la mesa del Príncipe, sino que debería comer con la servidumbre de la isla.
«Perfecto, entonces vuelvo a mi barca si su majestad al Príncipe Giovanni Fieschi Ravaschieri del Drago no le es grata mi presencia en su mesa. Pero entonces me pregunto: ¿cuál ha sido el motivo de su llamada? ¿Quizás quería que limpiase sus sobras? No gracias. Gracias, de verdad, pero prefiero, con diferencia, estar en mi barca y esperar a la sombra de sus árboles que no rechazan dar su frescor a un honesto trabajador».
Ernesto había hablado con un tono de voz bastante alto con el propósito de que sus palabras llegasen incluso hasta la mesa donde estaban sentado Greta y el propietario de la isla. Por consiguiente, se volvió a ir por la misma calle que poco antes había subido, lanzando una mirada a la muchacha y cruzándose con sus ojos que, a pesar de estar lejos, lo miraban con intensidad.
Y mientras pasaba del sol de la plazuela a la sombra del sendero herboso que lo devolvía al muelle, sintió un escalofrío recorrerle sus miembros. Se había sentido feliz al ver a Greta mirar con disgusto al Príncipe: estaba convencido en que si hubiera sido por ella en aquella mesa estarían sentados los tres.
Eran las dos de la tarde, alguna que otra cigarra dejaba oír su monótona cantinela mientras que Greta y el Príncipe ya habían salido para hacer la excursión de la isla. El Príncipe comenzó contando que el Cardenal Farnese, más tarde Papa Pío III, después de haber hecho edificar sobre la isla Bisentina la Iglesia de S. Giacomo e Cristoforo, concedió a los fieles que visitaban los oratorios de la isla las mismas indulgencias que eran compradas por aquellos que visitaban las iglesias dentro y fuera de Roma. Esta indulgencia particular, la práctica de la caza que en ese tiempo estaba muy difundida en la isla y la fascinación de la naturaleza sin contaminar, convirtieron esta pequeña tierra en bastante famosa bajo el dominio de la familia Farnese, tanto que estos nobles señores la escogieron para acoger, entre su paz y su encanto, los sepulcros de la familia. Mientras hablaban sobre esto llegaron al escollo que forma la punta más aguda hacia poniente de la Bisentina: esta garra de tierra estaba coronada por un templo dedicado a S. Caterina, llamado la
«Se dice que la
Realmente, el Príncipe adoraba aquel pequeño oratorio, que también Greta encontró encantador. Volvieron a bajar el promontorio de la Rocchina, después de lo cual Greta siguió al Príncipe subiendo, esta vez, por el difícil sendero del Monte Tabor, donde hallaron el oratorio del Monte Calvario, llamado también el Crucifijo, con el bosque enfrente y el acantilado a sus espaldas, desnudo, oscuro, moteado de líquenes, de musgo del color del óxido, cuyo enrojecimiento parecía, a sabiendas, hacer contraste con el verde esmeralda del agua cubierta por su sombra, proyectada por el sol de la tarde. La
«Mire, señorita Capua, debajo del crucifijo, la roca cae derecho, es más un poco hacia adentro, de hecho se pueden ver todavía los rastros de los cinceles con los cuales se marcaron fosos y surcos para extraer la piedra que sirvió para la edificación de la Rocchina que hemos visto hace poco y de la iglesia mayor, la que está al lado de la villa. Basta ir un poco más adelante, hacia la punta más septentrional de la isla para encontrar trozos enormes de roca que se han separado espontáneamente del declive del acantilado, que fueron arrastrados sobre el dorso inclinado de la isla parándose en un cierto lugar, casi como si hubiera ocurrido un milagro».