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Лили Рокс – Abuzador (страница 3)

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Y ahora Vlad me sostenía la mano. Y esa ilusión familiar de calor se deslizaba en mi cuerpo. Algo se contraía y soltaba dentro de mí, como si volviera a ser niña. Sentía que con él todo estaría bien. Que su dureza era fuerza. Su frialdad, protección. Su control, cuidado. Su violencia, amor. Y yo —agradecida porque hoy no gritaba. No estaba enojado. Estaba allí. Y no daba miedo. Aún no.

A veces pensaba que en esos momentos podía creer en la ilusión. Olvidarlo todo —sus gritos, humillaciones, golpes. Porque ahora solo sostenía mi mano. Y si cerraba los ojos, podía imaginar que me amaba. Que le importaba. Que yo —importaba.

Pero luego, en la cocina, ocurrió algo extraño… La radio se encendió sola. Decía: "No tienes que ser conveniente. Tienes derecho a ser tú."

Me quedé inmóvil. Como si una descarga me recorriera. Las palabras se clavaron como agujas. Me despertaban. Rompían el hechizo. Pero lo que más me impactó no fue la frase —fue cómo apareció. Como si alguien la hubiera puesto ahí para mí. Como si alguien viera. Oyera mis pensamientos. Era una señal. Clara. Precisa. Calculada.

Sentí cómo todo dentro se detenía. Era esa sincronicidad de la que hablaba Jung. Una señal. Como si el mundo me hablara. Tal vez ya lo había vivido. ¿Déjà vu? Sabía que esas palabras sonarían. Que así las escucharía. Y algo despertó. Supe: me guían. No me dejaron. No me olvidaron.

Entonces Vlad entró —y apagó la radio.

–¿Por qué escuchas eso? Tonterías. Te hace daño. Es cosa de sectas…

Y asentí. Dije: "Tienes razón". Aunque por dentro todo temblaba. Como si algo invisible y vivo dijera: "No estés de acuerdo. Es mentira". Y la niña en mí lloraba. Y por primera vez —no de miedo, sino de reconocimiento. Del dolor de que la verdad, la verdadera, por fin rompiera la pared —y susurrara: "Tienes derecho a ser tú. Mereces más."

Capítulo 4. Un pequeño "no"

Por la mañana, me pidió que le llevara el teléfono desde el cargador.

Justo estaba limpiando el suelo de la cocina, ya de rodillas, con el trapo en la mano y el agua escurriendo por mi codo. Levanté la cabeza y dije: – Tómalo tú —sin apartar la mirada del suelo—. ¿No ves que estoy ocupada? Ya casi termino.

Él se quedó inmóvil. Por una fracción de segundo. Luego dijo lentamente: – ¿Qué dijiste?

Y de repente entendí: eso había sido un "no". No grosero. No tajante. Solo un simple "ahora no puedo". Pero en su universo, eso era una amenaza. Una rebelión. Una traición.

No gritó. Simplemente se levantó. Caminó en silencio. Cerró la puerta del dormitorio con un golpe seco.

No me habló en todo el día. No me miró. No me tocó. Por la noche, dijo: – Sabes, he empezado a pensar que ya no eres la misma. Que estás olvidando quién eras sin mí.

Me quedé callada. Quise decirle que estaba cansada. Que soy humana. Que no soy su sirvienta. Pero la lengua pesaba. Cada palabra era una bala.

Y volví a sentir culpa. Por haberme atrevido. Por haberme escogido. Incluso por solo dos minutos.

Más tarde, me regaló un pijama nuevo. Suave, con flores. Dijo: – Aun así te amo. Incluso cuando te pones caprichosa. Te perdono.

Y yo asentí otra vez. Y esa noche soñé que gritaba. Directo a su rostro. A todo pulmón. Sin palabras. Solo un grito. Y él… sonreía.

Después soñé con ese sueño que se repite, mi pesadilla constante. Estoy en el andén. Él está a mi lado. Me toma la mano, y su tacto me da calor. Pero no es el mismo de la vida real. Es el Vlad del que me enamoré. El del vínculo sagrado. Ese solo vive en mis sueños. Al despertar, lo busco y me topo con el otro. El de verdad. Parecen gemelos, pero no lo son.

Allí estamos… frente a un tren negro, como salido de un sueño ajeno. El vapor se eleva como si viniera de los pulmones de una bestia muerta. Vlad aprieta mi mano… y luego la suelta.

Pierdo el equilibrio. Como si al soltarme, me arrancaran del suelo. Él sube al vagón. Yo espero. Espero que me tienda la mano. Que diga: «Vamos, Lera». Pero dice: – Lera, tú no vienes conmigo. Ese no es tu tren.

– ¿Qué? —la voz no sale, la garganta se cierra—. Pensé que viajábamos juntos…

Me mira con una especie de lástima, casi cariño. Pero distante: – No. Nunca viajamos juntos. Solo que no te diste cuenta.

Y me quedo ahí, congelada. Él se gira y desaparece. Grito algo, pero no hay voz. Solo aire. Solo dolor.

El tren arranca. El crujido del metal desgarra el silencio. Y entiendo: no volverá. Me quedé sola. Y lo más aterrador es que… siempre lo supe. Solo que no quería verlo. Me aferré a ese andén vacío, esperando que él regresara, cambiara de idea, extendiera su mano.

Tenía ocho años cuando mi madre dijo que vendría ese fin de semana. La esperé desde temprano. Me senté en el banco frente al edificio con mi mochilita: llevaba un cuaderno, un libro y la portada vieja de un cómic. Empezó a lloviznar. Luego la lluvia se volvió fría, pesada. Me empapé. Pero no me moví.

Seguía esperando. Porque si ella lo dijo, vendría. Es mi mamá. Las mamás no fallan.

Una hora. Dos. Tres. La gente pasaba, me miraba raro. No me importaba. Miraba cada coche, cada curva. Y de pronto, el miedo: ¿Y si le pasó algo? ¿Y si tuvo un accidente?

No había teléfonos móviles. No había forma de saber. Solo quedaba esperar… y rezar. Y yo rezaba, temblando: por favor, que esté bien. Que no haya muerto. Que no haya sufrido por mi culpa.

Cuando regresé a casa, empapada y congelada, la abuela dijo: – Estúpida. Ahora te enfermarás. No tengo dinero para curarte. Y me cerró la puerta en la cara.

Mi madre llamó dos días después. Allá en su aldea nadie tenía teléfono. Tuvo que ir hasta otra ciudad para poder marcar. Me dijo que no pudo venir. Lloraba. Se disculpaba.

Y yo… no dije nada. Solo lloraba. Porque dentro de mí ya sabía: a veces, quienes más esperas… simplemente no vienen. No porque no te amen. Sino porque no pueden. Y al escuchar su voz, me rompí. Me aferré al teléfono como a un salvavidas. Todo ese tiempo viví con miedo. Miedo de que ya no estuviera. De que estuviera muerta. Que fuera culpa mía.

Y entre sollozos le dije: – Mamá, ven por mí, por favor. Me siento mal. La abuela me pega. Kólya también. No quiero vivir aquí más.

Silencio. Como una losa. Y luego, su voz, temblorosa: – Lo sabes, Lera… Papá se opondrá. Ya lo intentamos. Siempre hay peleas. Se pone como loco. Grita. Se pone mal. No puedo…

Y lloró. Me pidió perdón. Por no poder. Por no lograrlo. Por rendirse.

Y yo la escuchaba, y moría por dentro. Como si yo fuera una maldición. La causa de su dolor. Ese ángel, mi madre, lloraba… por mí. Entonces supe: yo era el problema. Una carga. Un error.

Y desde ese día, nunca más supliqué. Jamás. Decidí no causarle dolor. Jamás. Mejor me quedaba callada. Sería buena. Paciente. Invisible. Con tal de que ella no volviera a sufrir.

Desde entonces, aprendí a tragarme el llanto. A esconder el dolor. A no llorar. Aunque me desangrara por dentro. Aunque me rompiera por la soledad. Porque si ella lloraba de nuevo por mi culpa, yo no lo sobreviviría.

Capítulo 5. Su voz

Al día siguiente fui a la farmacia. Por primera vez en mucho tiempo, sola. Vlad normalmente se encarga de todo. Dice que no debo salir más de lo necesario. Que no es seguro. Que el mundo se ha vuelto cruel. Que la gente es mala. Que debo tener cuidado.

Pero esta vez, él se olvidó de comprar tiritas. Y yo salí. Casi sin respirar. Como si estuviera escapando.

La mujer de la farmacia tendría unos cuarenta años, con los ojos cansados. Le pregunté por las tiritas, y de pronto me miró de otra forma. Más atenta. —¿Estás bien? —preguntó, como al pasar, pero en su voz había algo cálido, vivo.

No me lo esperaba. Fue como si me atravesara un rayo. No supe qué decir. Asentí. Demasiado rápido. Sonreí como pude: forzada, educadamente.

–Es que estás muy tensa —dijo—. Cuando trabajaba en el orfanato, los niños miraban así. Como esperando que alguien los golpeara.

Se me cayó la billetera. No fue a propósito. Simplemente mis dedos se volvieron de algodón. Ella la recogió en silencio y me la tendió. Luego añadió, en voz baja: —Conozco esa mirada… —Se inclinó un poco hacia mí, sonriendo con calidez—. Cuando por dentro hay un nudo y la boca parece cosida. Cuando quieres hablar pero no sabes por dónde empezar.

Yo no dije nada. Pero ella siguió: —Si algún día quieres simplemente hablar, ven. Después de las seis estoy sola aquí. Tengo té. Y silencio donde se puede ser una misma. Sé escuchar sin juzgar. Sin dar consejos. Solo estar.

Me miraba como si supiera más de mí que yo misma. Como si supiera todo lo que nunca dije. Y no me presionaba. Solo ofrecía un espacio. Era aterrador… y tranquilizador a la vez.

Me fui sin mirar atrás. Caminaba hacia casa, pero seguía escuchando su voz. Sonaba dentro de mí más fuerte que todas las palabras de Vlad de los últimos meses. Porque no tenía peso. Ni presión. Ni trampas.

Al llegar, Vlad estaba en la cocina. Sonreía. Hablaba de algo. Yo lo miraba… y de pronto comprendí: no huele a libertad. Es como una puerta cerrada. Bonita, barnizada, acogedora. Pero sin picaporte de mi lado.

Y su voz… la de la mujer… era como una ventana abierta. Aunque lloviera del otro lado. En ella había algo familiar. Algo que dolía. Y al mismo tiempo, sanaba.