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Евгений Попов – PROFECÍA (colección de relatos fantásticos) (страница 4)

18

«Eres sabia, esposa. Perdóname. Pero debo al menos desahogarme un poco.»

Epílogo

1 de mayo de 2030, Washington.

Ellis salió al balcón de su apartamento. El cielo estaba iluminado por una lluvia de estrellas sin precedentes. Miles de chispas caían, consumiéndose en la atmósfera.

«Es Zeus que se enfurece porque su voluntad fue desobedecida», susurró en su cabeza una voz familiar y suave. «Pero no temas. Todo está bien.»

Desde aquel día, Ellis Rogers escuchó a menudo esa voz: la voz de Perséfone. La diosa la ayudaba en los momentos difíciles, la hacía más bondadosa, más paciente, más bella interiormente. Ellis dimitió de la CIA, presentando una carta de renuncia por «incompatibilidad con los valores: humanidad».

Yellowstone callaba. La humanidad había recibido una oportunidad.

Un año después, Ellis encontró casualmente en una librería a un hombre que hojeaba una colección de mitos griegos. Él levantó la vista. Era Peter. Sonrieron al verse, sintiendo que su encuentro no era casual.

La belleza había salvado al mundo. El amor había salvado al mundo. Solo necesitaron un poco de ayuda.

El Ángel Menor

1.

24 de noviembre de 2024. Krasnoarmeisk —a la que los ucranianos llaman Pokrovsk— se había convertido en el infierno. No en sentido figurado, sino en el más literal de los términos. La densa construcción de la ciudad estrechaba las calles, convirtiendo cada barrio en una jungla de piedra donde la muerte acechaba tras cada esquina, desde cada sótano, desde cada desván.

El sargento primero Mijaíl Yermolín, pegado a una pared agujereada, se movía a saltos entre las posiciones de su pelotón. Estaban atrincherados en tres edificios semidestruidos en una misma calle. El control de la ciudad ya era suyo —alrededor del sesenta por ciento, según informaban desde arriba— pero eso no hacía las cosas más fáciles. Al otro lado de la calle, en una casa baja con las ventanas reventadas y en el edificio de nueve pisos contiguo, el enemigo se había atrincherado.

«¡No asomes la cabeza!», gritó Mijaíl a un joven ametrallador apodado Chuk, que intentaba cambiar de posición. Como para confirmar sus palabras, un disparo seco y metálico sonó en algún lugar a la derecha, y una bala rebotó en una barra de acero con un chirrido repugnante.

El francotirador de la casa de enfrente trabajaba de manera profesional y descarada. Un ametrallador desde el edificio vecino barría la calle con ráfagas, impidiendo que los suyos se levantaran. La calzada estaba surcada de cráteres, los vehículos destrozados sobresalían como esqueletos ennegrecidos, las aceras estaban llenas de escombros.

Y entonces, en medio de aquel apocalipsis, aparecieron.

Mijaíl pensó primero que era una alucinación por falta de sueño y por una conmoción cerebral. Del otro lado de la calle, justo en la mira del francotirador, caminaban dos personas. Una mujer —joven, con un abrigo oscuro— y una niña pequeña de unos ocho o nueve años con un gorro rojo de punto. Caminaban despacio, como si estuvieran en un parque, como si no notaran las explosiones ni los disparos. De dónde habían salido —¿de un sótano? ¿de un portal?– siguió siendo un misterio.

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