Бенито Гальдос – Miau / Мяу (страница 1)
Перес Гальдос Бенито
Miau / Мяу
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I
Á las cuatro de la tarde, la chiquillería de la escuela pública de la plazuela del Limón salió atropelladamente de clase, con algazara de mil demonios. Ningún himno á la libertad, entre los muchos que se han compuesto en las diferentes naciones, es tan hermoso como el que entonan los oprimidos de la enseñanza elemental al soltar el grillete de la disciplina escolar y
El pobre chico de este modo burlado se llamaba Luisito Cadalso, y era bastante mezquino de talla, corto de alientos, descolorido, como de ocho años, quizás de diez, tan tímido que esquivaba la amistad de sus compañeros, temeroso de las bromas de algunos, y sintiéndose sin bríos para devolverlas. Siempre fué el menos arrojado en las travesuras, el más soso y torpe en los juegos, y el más formalito en clase, aunque uno de los menos aventajados, quizás porque su propio encogimiento le impidiera decir bien lo que sabía ó disimular lo que ignoraba. Al doblar la esquina de las Comendadoras de Santiago para ir á su casa, que estaba en la calle de Quiñones, frente á la Cárcel de Mujeres, uniósele uno de sus condiscípulos, muy cargado de libros, la pizarra á la espalda, el pantalón hecho una pura rodillera, el calzado con tragaluces, boina azul en la pelona, y el hocico muy parecido al de un ratón. Llamaban al tal Silvestre Murillo, y era el chico más aplicado de la escuela y el amigo mejor que Cadalso tenía en ella. Su padre, sacristán de la iglesia de Monserrat, le destinaba á seguir la carrera de Derecho, porque se le había metido en la cabeza que el mocoso aquél llegaría á ser personaje, quizás orador célebre, ¿por qué no ministro? La futura celebridad habló así á su compañero:
– Mia tú,
Luisito Cadalso se puso muy encarnado. La indignación, la vergüenza y el estupor que sentía, no le permitieron defender la ultrajada dignidad de su familia.
–
Cadalsito, deteniéndose en la puerta de su casa, miró á su amigo con tristeza. El otro, arreándole un fuerte codazo, le dijo: «Yo no te llamo
En el portal de la casa en que Cadalso habitaba, había un memorialista. El biombo ó bastidor, forrado de papel imitando jaspes de variadas vetas y colores, ocultaba el hueco del escritorio ó agencia donde asuntos de tanta monta se despachaban de continuo. La multiplicidad de ellos se declaraba en manuscrito cartel, que en la puerta de la casa colgaba. Tenía forma de índice, y decía de esta manera:
Abstraído en sus pensamientos, pasaba el buen Cadalso junto al biombo, cuando por el hueco que éste tenía hacia el interior del portal, salieron estas palabras: «Luisín, bobillo, estoy aquí». Acercóse el muchacho, y una mujerona muy grandona echó los brazos fuera del biombo para cogerle en ellos y acariciarlo: «¡Qué tontín! Pasas sin decirme nada. Aquí te tengo la merienda. Mendizábal fué á las diligencias. Estoy sola, cuidando la
La señora de Mendizábal era de tal corpulencia, que cuando estaba dentro del escritorio parecía que había entrado en él una vaca, acomodando los cuartos traseros en el banquillo y ocupando todo el espacio restante con el desmedido volumen de sus carnes delanteras. No tenía hijos, y se encariñaba con todos los chicos de la vecindad, singularmente con Luisito, merecedor de lástima y mimos por su dulzura humilde, y más que por esto
El chiquillo subió con presteza. Abrióle la puerta una señora cuya cara podía dar motivo á controversias numismáticas, como la antigüedad de ciertas monedas que tienen borrada la inscripción, pues unas veces, mirada de perfil y á cierta luz, daban ganas de echarle los sesenta, y otras el observador entendido se contenía en la apreciación de los cuarenta y ocho ó los cincuenta bien conservaditos.
Tenía las facciones menudas y graciosas, del tipo que llaman aniñado, la tez rosada todavía, la cabellera rubia cenicienta, de un color que parecía de alquimia, con cierta efusión extravagante de los mechones próximos á la frente. Veintitantos años antes de lo que aquí se refiere, un periodistín que escribía la cotización de las harinas y las revistas de sociedad, anunciaba de este modo la aparición de aquella dama en los salones del Gobernador de una provincia de tercera clase: «¿Quién es aquella figura arrancada de un cuadro del Beato Angélico, y que viene envuelta en nubes vaporosas y ataviada con el nimbo de oro de la iconografía del siglo XIV?» Las vaporosas nubes eran el vestidillo de gasa que la señora de Villaamil encargó á Madrid por aquellos días, y el áureo nimbo, el demonio me lleve si no era la efusión de la cabellera, que entonces debía de ser rubia, y por tanto cotizable á la par, literariamente, con el oro de Arabia.
Cuatro ó cinco lustros después de estos éxitos de elegancia en aquella ciudad provinciana, cuyo nombre no hace al caso, doña Pura, que así se llamaba la dama, en el momento aquel de abrir la puerta á su nietecillo, llevaba peinador no muy limpio, zapatillas de fieltro no muy nuevas, y bata floja de tartán verde.
–¡Ah! eres tú, Luisín – le dijo. – Yo creí que era Ponce con los billetes del Real. ¡Y nos prometió venir á las dos! ¡Qué formalidades las de estos jóvenes del día!
En este punto apareció otra señora muy parecida á la anterior en la corta estatura, en lo aniñado de las facciones y en la expresión enigmática de la edad. Vestía chaquetón degenerado, descendiente de un gabán de hombre, y un mandil largo de arpillera, prenda de cocina en todas partes. Era la hermana de doña Pura, y se llamaba Milagros. En el comedor, á donde fué Luis para dejar sus libros, estaba una joven cosiendo, pegada á la ventana para aprovechar la última luz del día, breve como día de Febrero. También aquella hembra se parecía algo á las otras dos, salvo la diferencia de edad. Era Abelarda, hija de doña Pura, y tía de Luisito Cadalso. La madre de éste, Luisa Villaamil, había muerto cuando el pequeñuelo contaba apenas dos años de edad. Del padre de éste, Víctor Cadalso, se hablará más adelante.