Alessandra Montali – El Secreto Del Viento - Deja Vù (страница 2)
Francesca cogió el periódico que estaba sobre la silla y estaba a punto de comenzarlo a leer cuando sintió el sonido del teléfono móvil que le avisaba de un mensaje. Se quedó sin aliento en cuanto se dio cuenta de que se trataba de Giorgio y leyó el texto:
Hola, Francesca, voy hacia Londres. Ayer he dejado a tu madre las llaves de casa. Espero que puedas perdonarme. Te deseo de corazón que seas feliz.
Se dio cuenta de que un par de lágrimas habían caído sobre el periódico, se había acostumbrado tanto a llorar en el último mes que ahora ya ni se percataba cuando ocurría. Se apresuró a enjuagarse el rostro y cerró el periódico.
–No me llegará toda la vida para olvidarte, Giorgio, y por tu culpa ahora estoy aquí, a miles de kilómetros de casa, y sola.
Sola: aquella palabra le producía un vacío cada vez que la pronunciaba o la pensaba. Suspiró hondo y fue entonces cuando se dio cuenta de que la dueña del bar la estaba observando, a pesar de continuar respondiendo a las peticiones de los clientes. La vio coger una bandeja y poner encima una taza de café y un brioche y ágilmente, no obstante su constitución robusta, driblando entre las mesas, se la encontró delante de ella diciéndole:
–Apuesto lo que sea a que necesitas un cappuccino lleno de espuma y un sabroso brioche con pasta de almendras. Come y ya verás como enseguida te encontrarás mejor.
Francesca consiguió esbozar una ligera sonrisa y se lo agradeció con la mirada.
Cogió la taza con las dos manos y se quedó así durante unos segundos para gozar de aquella tibieza que parecía mimarla, luego probó el brioche y lo encontró fragante, con aquel corazón blando de almendra que se le deshacía en la boca. Bebió el cappuccino y acabó la espuma del fondo de la taza a cucharadas. Se dijo que nunca había tomado un desayuno tan bueno como ese y comprendió que la melancolía, en parte, se había calmado. Se sintió lo bastante fuerte para mandar un sms de respuesta a su madre diciéndole que todo iba bien y que pronto la llamaría para charlar.
Habían transcurrido sólo dos días y ya sentía nostalgia. La familia había intentado disuadirla pero nadie lo había conseguido.
–¿Todo bien, querida?
La voz de la propietaria del bar la devolvió a la realidad. La mujer estaba poniendo las tazas sucias en una cestita de metal y entre un movimiento y otro le lanzaba miradas interrogativas.
–Sí, mucho mejor. Ese brioche era fantástico, ¡pone de buen humor incluso a alguien que lo tiene tan negro como yo!–exclamó sonriendo.
La mujer se rió y luego, mientras recogía, le preguntó:
–No eres de aquí, ¿verdad? Tienes acento del norte.
–Soy de Como.
–¿Como? ¡Qué lejos has venido! –exclamó la señora abriendo de par en par sus ojos verdes.
Francesca bajó la mirada y mientras jugueteaba con el cierre del bolso explicó:
–Ya… He querido distanciarme unos kilómetros de mi vida anterior.
La otra, siempre atareada, le respondió:
–Ya verás, aquí te encontrarás bien. A propósito, yo me llamo Giusy, ¿y tú?
–Francesca.
Las dos mujeres se estrecharon la mano y Francesca se encontró pensando que había algo en aquella mujer que le infundía confianza y fuerza, como si la hubiese conocido de toda la vida. Llevó la mano al monedero para pagar el desayuno pero Giusy enseguida se le anticipó:
–Nada que hacer, querida: el desayuno viene incluido con la bienvenida. ¡Ya pagarás la próxima vez!
La muchacha se lo agradeció, estaba ya a punto de salir del bar cuando se le ocurrió que la propietaria podría ayudarla y le preguntó si conocía a alguien en el pueblo que buscase personal.
–¿Qué sabes hacer? –le preguntó sin dejar de trabajar.
–Soy joyera. Tengo un taller y un negocio junto con mi padre… Pero no me importaría encontrar otro tipo de trabajo.
–Hace dos semanas en el pub buscaban una chica pero no sé si todavía el empleo está disponible. Ahora está cerrado pero vuelve hoy por la tarde, puedo hacer una llamada al propietario.
A Francesca se le iluminaron los ojos. Después de darle las gracias, salió del bar.
CAPÍTULO II
Las campanas estaba dando las cinco de la tarde cuando salió, pálida y doliéndole el estómago, del ascensor. La plaza estaba iluminada por las farolas que con su luz tenue creaban una atmósfera nostálgica. La fuente permanecía en la sombra con respecto al resto y aparecía a los ojos de Francesca todavía más alta y tétrica. Un escalofrío recorrió su espalda y, alargando el paso, llegó al pequeño bar en el que había estado esa mañana.
Dentro no había nadie. No todas las luces estaban encendidas y a Francesca le costó un poco localizar la silueta robusta de Giusy, la propietaria del bar, sentada en la última mesa. Francesca la vio concentrada en algo que estaba sobre el mantel. En cuanto Giusy se dio cuenta de su presencia cogió el mantel y lo dobló como para esconder algo.
–¡Hola, Francesca!–dijo la mujer yendo a su encuentro y conduciéndola hacia otra mesa de la sala.
La muchacha se sintió un poco incómoda e intentó excusarse.
–¿Te he interrumpido? Si quieres vuelvo más tarde.
Giusy movió la cabeza y, sonriéndole, la tranquilizó.
–No, no, querida… Estaba haciendo un solitario con las cartas para matar el tiempo, dado que a esta hora todo está vacío.
Luego, girando detrás de la barra le preguntó:
–¿Té o café?
–Café, gracias –y Francesca se sentó mientras observaba a la mujer que trasteaba con la máquina de café.
–Aquí está… Dos cafés bien calientes. Son necesarios con este frío. Son días muy fríos, hace mucho tiempo que no hacía un invierno tan rígido.
Hubo unos minutos de silencio, luego Francesca se armó de valor y le preguntó si había sabido algo del pub.
Giusy respondió que el propietario ya había encontrado un camarero y que ahora ya estaban al completo, pero se apresuró a añadir:
–No te preocupes, querida. ¡Tengo la solución perfecta para ti! ¿Te gustaría trabajar aquí, desde última hora de la tarde hasta la noche?
Francesca se quedó sorprendida por aquella propuesta y con la sonrisa en los labios balbuceó un sí.
–No pareces muy convencida...
–No, qué va, lo estoy… es que no me lo esperaba. Estoy contenta de trabajar aquí y espero aprender todo con rapidez.
Giusy rió mostrando la blanca y perfecta dentadura y añadió:
–Espera antes de agradecérmelo. Tendrás las piernas destrozadas a base de estar de pie.
–¡No me lamentaré, ya verás!
–Bien, finalmente tendré a alguien que me ayude y… que hablará conmigo.
Francesca le lanzó una mirada interrogadora.
Giusy le habló del marido y del único hijo que gestionaban una cadena de ropa en Bulgaria y otra más puesta en marcha en la República Checa.
–De febrero a junio, salvo pequeños periodos de tiempo, se quedan allí y yo me encuentro sola con el bar y con mi anciana madre que quiere volver a su tierra natal y no sabes cuánta lata me da.
–¡Entonces, he llegado justo a tiempo! Sin embrago, te aviso: nunca he trabajado en un bar, deberás enseñarme un montón de cosas.
–No te preocupes. No es difícil. Te espero mañana por la mañana. El bar está cerrado, de esta manera te puedo enseñar a hacer el mejor cappuccino del pueblo. Por la tarde volvemos a abrir, ¿ok?
Francesca se sintió aliviada, es más, le pareció que se sentía feliz, o casi. Mientras se levantaba para irse le dijo que se presentaría puntual a la mañana siguiente a las 8:00.
–Perfecto, querida – concluyó Giusy acompañándola hasta la puerta.
Se quedó observándola mientras recorría a paso ligero la plaza. Parecía delicada y menuda, pero por el modo en que caminaba, veloz y con la cabeza alta, le dio la impresión de una muchacha fuerte y segura de sí misma.
Volvió a la mesita en la que estaba el mantel doblado y lo abrió, alisándolo con las manos.
–Mis cartas nunca se equivocan –se dijo.
Miró fijamente durante unos segundos una de las cartas de tarot:
–Debes ser tú la mujer joven de cabello rubio venida de lejos. Lo único que me deja perpleja es el color de tus cabellos –pensó volviendo a colocar con cuidado las cartas y reponiéndolas en la caja –Estaré cerca de ti, Francesca, porque si realmente eres la muchacha de mis cartas, deberás superar pruebas muy difíciles… Ya veremos.
Francesca, mientras tanto, se había encaminado por el callejón paralelo a la plaza. Avanzaba con paso decidido hacia la ligera cuesta en descenso que conducía al ascensor. Se dijo, complacida, que aquellas botas sin tacón le venían de perlas, dado que las calles del pueblo estaban todas adoquinadas. Lanzó una mirada distraída más allá de la vieja muralla pero el espectáculo que se le presentó ante los ojos hizo que se parase de inmediato. Apoyó los codos en el muro, se cogió el rostro entre las manos sin apartar en absoluto los ojos de las luces que, unas veces densas, otras escasas, recorrían las curvas del pueblo hasta la campiña ya envuelta en la oscuridad.
–De día, cuando hace buen tiempo, incluso se ve el mar.
Una voz a su espalda la sobresaltó, se volvió de repente y se encontró delante del joven que había conocido por la mañana a la entrada del ascensor.