Альберто Васкес-Фигероа – Tuareg / Туарег (страница 3)
Muchos fueron los que en los años siguientes se lanzaron a la loca aventura de reencontrar sus huellas con la vana esperanza de apoderarse de unas riquezas que, según la ley no escrita, pertenecían a quien fuera capaz de arrebatárselas a las arenas, pero las arenas guardaron bien su secreto. La arena era capaz, por sí sola, de ahogar bajo su manto ciudades, fortalezas, oasis, hombres y camellos, y debió llegar, violenta e inesperada, transportada en brazos de su aliado, el viento, para abatirse sobre los viajeros, atraparlos y convertirlos en una duna más entre los millones de dunas del «erg».
Cuántos murieron después persiguiendo el sueño de la mística caravana perdida, nadie podía decirlo, y los ancianos no se cansaban de rogar a los jóvenes que desistieran en tan loco intento:
– Lo que el desierto quiere para sí, es del desierto – decían – Alá proteja al que trate de arrebatarle su presa…
Gacel ambicionaba tan sólo desvelar su misterio; la razón por la que tantas bestias y tantos hombres desaparecieron sin dejar rastro, y cuando se encontró por primera vez en el corazón de una de las «tierras vacías», lo comprendió, pues se podría pensar que no setecientos, sino siete millones de seres humanos se diluirían fácilmente en aquel abismo horizontal del que lo extraño era que alguien, no importaba quien, saliera con vida.
Gacel salió. Por dos veces. Pero «imohags» como él no había muchos y por ello el «Pueblo del Velo» respetaba a Gacel «el Cazador, inmouchar» solitario que dominaba territorios que ningún otro pretendió nunca dominar.
Aparecieron ante su «jaima» una mañana. El anciano se encontraba en las puertas mismas de la muerte y el joven, que le había transportado a hombros los dos últimos días, apenas pudo susurrar unas palabras antes de caer sin sentido.
Ordenó que acondicionaran para ellos la mejor de las tiendas y sus esclavos y sus hijos los atendieron día y noche en una desesperada batalla por conseguir, contra toda lógica, que continuasen en el mundo de los vivos.
Sin camellos, sin agua, sin guías, y no perteneciendo a una raza del desierto parecía un milagro de los Cielos que hubieran logrado sobrevivir al pesado y denso «sirocco» de los últimos días.
Llevaban, por lo que pudo comprender, más de una semana vagando sin rumbo por entre las dunas y los pedregales, y no supieron decir de dónde venían, quiénes eran, ni hacia dónde se encaminaban. Era como si hubieran caído de pronto en una de aquellas estrellas fugitivas y Gacel los visitó mañana y tarde, intrigado por su aspecto de hombres de ciudad, sus ropas, tan inadecuadas para recorrer el desierto, y las incomprensibles frases que pronunciaban entre sueños en un árabe, tan puro, y educado, que el targuí no conseguía apenas descifrar.
Por fin, al atardecer del tercer día, encontró despierto al más joven, que inmediatamente quiso saber si se encontraban muy lejos aún de la frontera.
Gacel le miró con sorpresa:
– ¿Frontera? – repitió – ¿Qué frontera? El desierto no tiene fronteras… Al menos, ninguna que yo conozca.
– Sin embargo – insistió el otro – tiene que existir una frontera. Está por aquí, en alguna parte…
– Los franceses no necesitan fronteras, – le hizo notar – Dominan el Sáhara de punta a punta.
El desconocido se irguió sobre el codo y le observó con asombro.
– ¿Franceses? – inquirió – Los franceses se fueron hace años… Ahora somos independientes – añadió – El desierto está formado por países libres e independientes. ¿Es que no lo sabías?
Gacel meditó unos instantes. Alguien, alguna vez, le había hablado de que, muy al Norte, se estaba librando una guerra en la que los árabes pretendían sacudirse el yugo de los «rumis», pero no prestó atención al hecho, pues esa guerra venía librándose desde que su abuelo tenía memoria.
Para él ser independiente era vagar a solas por su territorio y nadie se había molestado en venir a comunicarle que pertenecía a un nuevo país.
Negó con un gesto:
– No. No lo sabía – admitió confuso – Ni sabía tampoco que existiera una frontera. ¿Quién es capaz de trazar una frontera en el desierto? ¿Quién evita que el viento lleve la arena de un lado a otro? ¿Quién impedirá que los hombres la atraviesen…?
– Los soldados.
Le miró con asombro.
– ¿Soldados? No hay suficientes soldados en el mundo para proteger una frontera en el desierto… Y los soldados le temen. – Sonrió levemente bajo el velo que le ocultaba el rostro que jamás descubría cuando se encontraba ante extraños – Únicamente nosotros, los «imohag», no tememos al desierto. Aquí, los soldados son como agua derramada: la arena se los traga.
El joven quiso decir algo, pero el targuí advirtió que se encontraba fatigado, y le obligó a recostarse en los almohadones:
– No te esfuerces – rogó – Estás débil. Mañana hablaremos, y quizá tu amigo se encuentre mejor. – Se volvió a mirar al anciano, y por primera vez advirtió que no debía ser tan viejo como había imaginado en un principio, aunque sus cabellos eran blancos y ralos, y su rostro aparecía surcado de profundas arrugas – ¿Quién es? – inquirió.
El otro dudó unos instantes. Cerró los ojos y musitó quedamente:
– Un sabio. Investiga la historia de nuestros antepasados más remotos. Nos dirigíamos a Dajbadel cuando nuestro camión se averió.
– Dajbadel está muy lejos… – le hizo notar Gacel, pero se había sumido en un sueño profundo – Muy, muy lejos hacia el Sur… Nunca llegué hasta allí.
Salió sin hacer ruido, y ya al aire libre experimentó una sensación de vacío en el estómago; como un presentimiento que nunca antes le había asaltado. Algo en aquellos dos hombres aparentemente inofensivos, le inquietaba. No iban armados ni su aspecto hacía temer peligro alguno, pero un hálito de miedo flotaba en torno suyo, y era miedo el que él percibía.
– …«Investiga la historia de nuestros antepasados»… – había dicho el joven, pero el rostro del otro aparecía marcado por huellas de un sufrimiento tan profundo, que no podían haberse dibujado tan sólo en una semana de hambre y sed en el desierto.
Miró a la noche que llegaba y trató de buscar en ella respuesta a sus preguntas. Su espíritu de targuí y las milenarias tradiciones del desierto le gritaban que había obrado correctamente al acoger su techo a los viajeros, pues el sentido de la hospitalidad constituía el primer mandamiento de la ley no escrita en los «imohag», pero su instinto de hombre acostumbrado a guiarse por los presentimientos, y el sexto sentido que le había librado tantas veces de la muerte, le susurraban que estaba corriendo un gran riesgo, y los recién llegados ponían en peligro la paz que tanto esfuerzo le había costado conseguir.
Laila surgió a su lado, y sus ojos se alegraron ante la dulce presencia y la portentosa belleza adolescente de la mujer-niña de piel oscura a la que había convertido en su esposa aun en contra de la opinión de los ancianos, que no veían correcto que un «inmouchar» de tan noble alcurnia se uniese legalmente a un miembro de la despreciable casta de los esclavos «akli».
Ella tomó asiento a su lado, le miró de frente con sus inmensos ojos negros, siempre llenos de vida y de reflejos escondidos, e inquirió suavemente:
– Te preocupan esos hombres, ¿no es cierto?
– No ellos… – replicó pensativo – Sino algo que los acompaña como una sombra o un olor.
– Vienen de lejos. Y todo lo que viene de lejos te perturba, porque mi abuela predijo que no morirías en el desierto. – Extendió la mano tímidamente hasta rozar la suya – Mi abuela se equivocaba con frecuencia – añadió – Cuando nací, me auguró un tétrico futuro, y, sin embargo, me casé con un noble, casi un príncipe.
Sonrió con ternura:
– Recuerdo cuando naciste – dijo – No puede hacer mucho más de quince años… Tu futuro aún no ha comenzado…
Le apenó haberla entristecido, porque la amaba, y aunque un «imohag» no debía mostrarse demasiado tierno con las mujeres, era la madre del último de sus hijos, por lo que abrió a su vez la mano para tomar la de ella.
– Tal vez tengas razón y la vieja Khaltoum se equivocara – señaló – Nadie puede obligarme a abandonar el desierto y morir lejos.
Permanecieron largo rato contemplando en silencio la noche, y advirtió que la sensación de paz le invadía nuevamente.
Cierto era que la negra Khaltoum predijo con un año de anticipación la enfermedad que llevaría a su padre a la tumba, y predijo también la gran sequía que agotó los pozos, dejó sin una brizna de hierba el desierto y mató de sed a cientos de animales acostumbrados desde siempre a la sed y la sequía, pero cierto era, también, que, con frecuencia, la vieja esclava hablaba por hablar, y sus visiones parecían más fruto de su mente senil, que auténticas premoniciones.
– ¿Qué existe al otro lado del desierto? – inquirió Laila al cabo de ese largo silencio – Nunca fui más allá de las montañas de Huaila.
– Gente – fue la respuesta – Mucha gente. – Gacel meditó recordando su experiencia en El-Akab y los oasis del Norte, y movió la cabeza negativamente – Les gusta amontonarse en espacios diminutos o en casas estrechas y malolientes, gritando y alborotando sin razón, robándose y engañándose como bestias que no saben vivir más que en manada.